Llega el sol a salvarnos,
A darle tregua a nuestros sueños,
A darle un respiro a los
Amantes de la madrugada,
De las estrellas que cuelgan
Sin importar quien las mira
O quien las desea,
De estrellas sin nombres,
De muchas otras sin ser descubiertas.
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5.17.2012
Amantes de la madrugada.
5.15.2012
Una ciudad y su reflejo.
El placer de encontrar
pureza en el aire contaminado de la ciudad,
y en ella encontrarnos, desvestidos,
sin miedo alguno,
admirando la cara de "no me importa lo que hagas"
que lucen los demás.
En un paso dejar las migajas de un pasado sin poesía,
y en el siguiente,
recoger aquellos versos
que hoy nos regalan futuro de primavera
que se separa del invierno.
Dibujar, en cada cielo reflejado en estos rascacielos,
un paisaje soñado a destiempo,
un palpito escrito con la sinceridad de Hemingway,
un vacío incomprendido.
Dibujar con nuestra pereza tercermundista
un aire de cambio, de reconquista interna.
Volvernos un beso a la realidad que despierta
junto a nosotros y contarla,
sin cortar por capricho, entenderla,
crecer junto aquella fantasía,
aquel reflejo de azul indescifrable.
Set Completo
5.08.2012
Oda a las manos.
Sólo las
manos
conocen la
tristeza
de un
cuerpo
que habita
en soledad.
Sólo ellas
conocen
la frescura
de la carne
y su valor
superficial.
Sólo ellas
comprenden
el ardor que cubre la
libido
de un deseo
casi inexistente.
5.02.2012
Enciclopedia de los Labios de Annelle. Vol. I, página 36.
Así eran
los besos de Annelle, una de esas enciclopedias que te dan ganas rebuscar en
ellas, con dedos curiosos, con lengua analítica. Mis tardes con ella eran pura
experimentación, la búsqueda incansable
del placer en su cuerpo. Los besos de Annelle tenían sabor a limoncillo fresco,
a esos limoncillos que robaba de niño en casa de Carlita. Tan prohibidos, tan
reguardados por aquella vieja cascarrabias, tan de aventura compartida, de
semilla con pelitos suaves.
Y así era
su cuerpo, y su piel de azúcar parda, suave. Con una textura capaz de guardar
en ella toda su personalidad, rica en raíces, en terminaciones nerviosas.
Tremendo vicio aquel de perderme en la piel de Annelle, tremenda la deuda que
iba creciendo en mi destino.
Lo triste de
mi historia con Annelle es que no recuerdo haberla conocido. No sé si fue un
sábado por la tarde o en la taza de café que compartía con mi soledad en uno de
tantos domingos. No sé fueron mis ojos los que besaron su piel en aquella tarde
de primavera.
Quizás
nuestra historia fueron aquellos minutos en los que la observaba trabajar y
ella ni sabía de mi existencia. Quizás un tanto tal vez la soñé aquella misma
noche y ahora no puedo entender, como se llega a vivir perdido en un cuerpo el
cuál sólo pudiste ver.
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